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Más allá del chantaje: Venezuela necesita diversidad de ideas, no un nuevo pensamiento único

Por Jhankary Torres

‎Presidente de Copei Caracas

Hace poco circuló en redes sociales un video del diputado Henrique Capriles Radonski que invita a una profunda reflexión sobre la cultura política que arrastra buena parte del liderazgo opositor en Venezuela.

‎‎Al ser cuestionado sobre el rol y el futuro de María Corina Machado, Capriles afirmó que, si esta resultara ser candidata presidencial, votarían por ella, lo cual entra en la normalidad del juego democrático.

‎Sin embargo, el problema real surgió inmediatamente después, cuando descalificó de antemano cualquier otra alternativa política, asegurando que si aparece otro candidato en el escenario, este solo podría existir porque fue pagado por algún factor interesado en dividir.

‎‎Esta lógica, que reduce la disidencia o la pluralidad a una transacción financiera o a una traición, no es nueva, pero sigue siendo destructiva, alimentando el viejo y conocido chantaje de la Unidad.

‎Es alarmante que, frente a un panorama político complejo donde las elecciones no se avizoran en el corto plazo —e incluso desde la comunidad internacional, figuras como la congresista estadounidense María Elvira Salazar pongan sobre la mesa escenarios tan distantes como el año 2028— la única propuesta de ciertos sectores sea revivir la polarización más rancia.

‎‎Venezuela clama por un proceso profundo de reinstitucionalización, y parte fundamental de ese camino no consiste en obligar a la ciudadanía a alinearse a ciegas detrás de una sola tarjeta o un solo nombre bajo la amenaza del linchamiento moral.

‎‎Reinstitucionalizar es, en esencia, devolverle al ciudadano la capacidad real de elegir, permitir el contraste de visiones, programas económicos y modelos de país, y superar de una vez por todas la nefasta costumbre de votar en contra de alguien para empezar a votar a favor de algo.

‎‎El país está agotado de la fórmula de elegir al menos malo, una dinámica que solo ha servido para erosionar la calidad de la política nacional y el perfil de sus dirigentes.

‎‎Mantener un esquema rígido de extremos irreconciliables, donde no entramos todos, pero sí se pretende encajonar a toda la sociedad a la fuerza, demuestra una preocupante falta de altura política y una visión profundamente antidemocrática.

‎‎La verdadera madurez de una nación se mide por su capacidad de procesar la diferencia, no de asfixiarla mediante la manipulación en nombre de una cohesión monolítica que clausura el pensamiento crítico.

‎‎Lo que el país requiere con urgencia es un debate abierto de ideas y de proyectos tangibles. Si un candidato no puede sostener su liderazgo frente a la libre competencia de propuestas, el problema no es del competidor que supuestamente divide, sino de la debilidad de su propia oferta al país.

‎‎Las heridas de Venezuela son demasiado profundas como para seguir jugando a las descalificaciones automáticas; los ciudadanos merecen un proceso libre de prejuicios, la diversidad sea vista como una riqueza y no como un delito.

‎‎No podemos salir de un modelo que ha intentado imponer un pensamiento único para caer en la trampa de un nuevo dogma tutelado por las cúpulas de la oposición institucionalizada. La reconstrucción de Venezuela no se va a lograr sustituyendo una intolerancia por otra.

‎El futuro democrático de la nación depende de su capacidad de abrazar una nueva diversidad, entendiendo que la cohesión más valiosa no es la que se decreta por la fuerza del chantaje o el miedo, sino la que se construye respetando la pluralidad de un país que quiere, por fin, decidir su propio destino.