El buen vecino, por Mercedes Malavé

Entendamos que en nuestra tradición es más fácil que cale un sueño que una estadística; una utopía que una teoría social; una esperanza que una certeza pseudo-científica

Creer que el voto directo, secreto y universal de los demócratas del mundo gravita en torno a la agónica confrontación política venezolana es, cuando menos, una muestra de ingenuidad muy grande. Cuando más, se trata de una campaña de lobby internacional que se remonta a los tiempos de Bush. Desde el 2001, un sector de la oposición viene posicionándose, alimentándose y creciendo en términos electorales a partir de la generación de una matriz internacional que sigue nada menos que el guión cubano de la profecía auto-cumplida: una revolución que necesita de la amenaza para sostenerse.

Lo cierto es que han logrado crear una poderosa matriz de opinión, nacional e internacional, de corte maniqueo, apocalíptico y bipolar. Para muchos movimientos políticos del mundo, hacer creer que Venezuela es lo que coloquialmente se llama “el ombligo del mundo” es un poderoso medio de propaganda electoral y, quién sabe si hasta de financiamiento económico; sea en los tiempos de la petro-chequera cuando Chávez financió partidos de izquierda en el hemisferio a cambio de propaganda redentorista y anti-imperialista, sea en los tiempos del bloqueo y las sanciones cuando Trump hace lo propio con partidos afines.

Cuba y su alter-ego

Que una isla tan pequeña, atrasada, pobre e incomunicada sea la mente y el brazo súper poderoso que promueve revueltas, saqueos, disturbios y multitudinarias manifestaciones en todos los países de América Latina, sólo tiene explicación si se entiende la necesidad de buscar culpables del fracaso de la política norteamericana en su empeño cuasi colonial de ejercer control sobre América Latina. Cada vez menos mediante la fuerza militar; con frecuencia por recetas económicas de corte neoliberal que en nada se adecúan a nuestra manera de entender la justa distribución de la riqueza y el papel del estado.

También habría que entender el fracaso de los proyectos liberales, tanto políticos como intelectuales, en España e incluso en Iberoamérica. Entendamos que en nuestra tradición es más fácil que cale un sueño que una estadística; una utopía que una teoría social; una esperanza que una certeza pseudo-científica . Para muchos intelectuales, nuestra incapacidad de entender el modelo capitalista es la causa de todas nuestras desgracias. Lo que no dicen es que, para evitar tal subdesarrollo, tendríamos que haber comenzado nuestra historia occidental sobre la base de un genocidio para acabar con las desigualdades sociales que generó el mestizaje cultural.

Pero también han existido buenos vecinos. El más emblemático, el presidente Franklin D. Roosevelt, entendió que si las relaciones interpersonales se basan en el respeto, las relaciones entre países también. En lugar de buscar la forma de imponer su modelo a otros, se empeñó arduamente en la búsqueda de un modelo más justo y equilibrado para su propio país. Supo sobrellevar tensiones con México, debido a los intereses económicos de las petroleras norteamericanas frente a la política de nacionalización de hidrocarburos del presidente Cárdenas. Entendió que había que anteponer el bien de ambas naciones a los intereses económicos de grupos poderosos, sin denigrar de nadie, ni dividir el hemisferio entre buenos y malos, pues estaba convencido de que, entre vecinos, lo mejor era llevarse bien y aliarse para combatir el fascismo, que pretender imponer el modelo económico de su país.

Diálogo social

Lo propio hizo la iglesia católica. Frente al capitalismo y al marxismo, expuso una visión trascendente del trabajo humano y de los derechos de los trabajadores. No quiso imponer un modelo, sino ayudar a los débiles a organizarse en sindicatos, gremios profesionales y cooperativas para hacer valer sus reclamos sin llamados inútiles al caos, a la anarquía ni a la revolución. La concepción materialista del trabajo, tan común en ambos modelos supuestamente antagónicos, genera una mentalidad servil e instrumental del obrar que debería hacer a hombres y mujeres no más ricos sino más y mejores personas que viven en sociedad y cooperan todos a las exigencias del bien común.

Pero el liderazgo político venezolano, enredado en intereses económicos que pululan alrededor de USA y el G4, se empeña en su ficción mediática 3D. Nos hacen ver la realidad con sus lentes que funcionan como gríngolas universales: si gana Fernández en Argentina es por culpa de los cubanos que manipulan campañas; si hay protestas en Chile, Bolivia, Colombia y Ecuador es porque Cuba infiltró los círculos de violencia con ayuda del Sebin y de Maduro; si gana la centro derecha en Uruguay es porque lograron derrotar el socialismo totalitario uruguayo (el único socialismo bueno es el de Delsa Solorzano), y así sucesivamente… cada día más ridiculizados y más cubanizados.

El chavismo debe entender su parte de responsabilidad en todo esto. Entender que les llegó su hora del gran viraje. Elecciones pueden seguir ganando pero en este esquema no: en este esquema lo que les queda es conformarse con un pedazo de Venezuela: el más pobre, el más sufrido pues si en algo no los supera nadie es en la capacidad de generar ruina económica y miseria moral. Y no me lo crean a mí que nunca he sido ni seré camarada; vean y analicen las propias medidas económicas que el gobierno de Maduro está tomando, al margen de los más mínimos acuerdos políticos y consensos sociales. Ahí está la prueba fehaciente de su fracaso: en su capitalismo salvaje.

@mercedesmalave

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