Salvar la democracia, por Mercedes Malavé

Es usual rasgarse las vestiduras por el comportamiento del oponente, justificando las peores barbaridades del lado de los amigos. Eso es el relativismo.

Las democracias modernas han sido posibles gracias a importantes consensos fraguados en el seno de organizaciones políticas, y dieron origen al llamado sistema de partidos. En la mayoría de los casos, el bipartidismo sostuvo los fundamentos pre-políticos (Habermas) que constituían el sistema de valores compartidos para que toda democracia marche sobre ruedas; para que la alternancia en el poder y las ofertas políticas estuvieran sujetas a la defensa del sistema democrático. Hoy, esa dinámica peligra en este lado del hemisferio. 

El surgimiento de organizaciones “ultristas” cuestiona fuertemente el sistema democrático de partidos. Propugnan valores morales absolutos extraídos de su propia cosecha, y se creen los dioses de la verdad por encima de las libertades humanas; exigen el pensamiento único, dividen a las personas entre buenas y malas, feas y bellas, diabólicas y angelicales; se autoperciben como los redentores de los pueblos y le juran la muerte a quienes no piensen como ellos. Viejos fundamentalismos se ponen en pie, indultan dictaduras, evocan tiempos de grandes atropellos a las libertades y a los derechos humanos como los momentos estelares de la historia. En lugar de avanzar, retrocedemos. 

El problema del relativismo 

El surgimiento de partidos extremistas de izquierda y de derecha que se consideran los dueños de la verdad y la moral, está asociada al deterioro de los valores morales. Paradógicamente es así. Si algunos utilizan los valores como propaganda para justificar sus arbitrariedades, es precisamente porque la moral les tiene sin cuidado. Benedicto XVI empleó una frase célebre al inicio de su pontificado cuando habló de la “dictadura del relativismo”. 

Es usual rasgarse las vestiduras por el comportamiento del oponente, justificando las peores barbaridades del lado de los amigos. Eso es el relativismo: ausencia de parámetros morales objetivos, válidos para todos y con la misma vara. El problema comienza por uno mismo: los demás tienen que ser intachables, pero yo me consiento pequeños desvíos, juicios temerarios, odios y un sin número de faltas de exigencia personal, porque a fin de cuenta mi conducta no le hace daño a nadie: no me meto con nadie, no mato a nadie, no robo. Cada quien que haga con su vida lo que le dé la gana. 

No obstante, la dictadura del relativismo revela su peor rostro una vez que alcanza el poder. Lo que antes era crítica al oponente ahora se convierte en imposición. Como tampoco se cree en la libertad de acción y pensamiento, el relativista emprende una arremetida contra todo aquello que pretenda singularizar la conducta humana. El inglés F.J Sheed lo describe bien en su obra Sociedad y Sensatez: “El Estado parece preferirnos así deshumanizados. Marx soñaba con una sociedad como un hormiguero o como una colmena; Bernard Shaw deseaba abolir las clases trabajadoras inglesas sustituyéndolas por gente sensata. Sólo hombres hipnotizados por su propio sueño pueden concebir una empresa tan sacrílega. Pretenden rehacer al hombre conforme a la moda psicológica del momento”. 

Fortalecer las bases 

El relativismo de los valores va de la mano de la radicalización de los mismos. Si no hay valores objetivos, cada quien puede absolutizar lo que le venga en gana. Esto es posible porque las bases éticas de la sociedad política están mermadas. La reconstrucción pasa por aceptar al distinto, encontrar lo común, lo que es responsabilidad de todos mantener, llevando las diferencias de manera armónica sin impedir consensos que permiten coexistir en paz y en libertad. 

La tarea de los grandes partidos tradicionales que protagonizaron el desarrollo de las democracias modernas está en la toma de conciencia de la imperiosa necesidad que tienen de rectificar. Entender que sus modos se agotaron producto del aburguesamiento de sus prácticas políticas. Si quieren salvar lo alcanzado, han de volver al espíritu de los orígenes, hacer política con P, lo cual exige renovar los grandes consensos y acuerdos para enfrentar la crisis económica, política, social, moral, la amenaza del fundamentalismo –la otra cara del relativismo como dije–, el radicalismo, etc. Proteger lo que han logrado ambos porque las cosas no pueden atribuirse a un solo partido. Si siguen con el calculito chiquito de un diputado más o uno menos, con la politiquería vulgar, los muchachos apasionados van a barrer con ellos. Los últimos dos resultados electorales en España han sido, sobre todas las cosas, un ultimátum al PSOE y al PP como fundamento del sistema democrático de respeto, tolerancia y alternancia en el poder. Las grandes mayorías les dieron un voto de confianza. Pero ya el PSOE resolvió seguir polarizando el país. Mala cosa. 

@mercedesmalave

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