Tercera ¿y única? vía, por Mercedes Malavé

Luego de decenas de constituciones y reformas, pareciera que no hemos asimilado aún lo más elemental del ser humano, racional y relacional. Se trata de conceptos pre-políticos fundamentales.

Al término de la Guerra Federal, Venezuela se dio una nueva Constitución en 1864. Cuatro años después, en año electoral, Cecilio Acosta hacía un balance de nuestro devenir republicano: “aún no hemos querido entrar en las practicas republicanas, en la discusión pacífica del derecho, en los usos respetables de asociación, en la prensa como luz, en la representación como reclamo, para después ocurrir a la guerra como único remedio y crear una nueva situación política”.

Han transcurrido más de 150 años y el reclamo de Cecilio Acosta permanece intacto, salvando los 40 años que han quedado grabados, para tantas gentes, como la época de una democracia que acogía en su desamparo a miles de inmigrantes para quienes éramos ejemplo de fortuna y libertad (Adriana Morán dixit). Apenas tuvimos una degustación, un atisbo, un amago de democracia imperfecta que nos regaló una generación política, también imperfecta, que no supo dialogar ni someter sus ambiciones a tiempo, frente a una nación que venía presentando síntomas de agotamiento del modelo populista.

Aún en tiempos de posguerra

Luego de decenas de constituciones y reformas, pareciera que no hemos asimilado aún lo más elemental del ser humano, racional y relacional. Se trata de conceptos pre-políticos fundamentales que, a juzgar de las actitudes políticas que conjugan las nuevas tecnologías con razonamientos arcaicos, aún no hemos aprehendido. Las ideas de Cecilio Acosta apuntan hacia esa tarea vital de reconocer y dominar los propios afectos y pasiones. Su reclamo va dirigido al sujeto político que no sólo razona sino que también siente, ama y experimenta todo tipo de emociones básicas, bien apuntadas por Carlos Raúl Hernández en su último artículo “Razón y Pasión” (El Universal, 02-06-2019).

Para Cecilio Acosta “lo que ha enfermado siempre a los pueblos americanos de la raza latina, y puede ser por algún tiempo su cáncer futuro, es el odio político: confunden de ordinario la idea con la persona, la doctrina con la parcialidad; se oyen a si solos, se niegan a la cooperación de la labor común, y vienen, como resultas, la esterilidad en los esfuerzos de la administración, la impotencia en los trabajos de la paz y la pendiente que va a dar a los abusos de la guerra.”

Una clase política cuya guía pasional es, por un lado, el odio desenfrenado y, por el otro, el miedo desorbitado a perder el poder no nos puede llevar por derroteros distintos a la destrucción de todo y de todos. El mal no es la raza humana (y latina) sino la falta de hábitos racionales para enfrentar pasiones desmedidas. La política sin mediación racional, con posiciones inflexibles, presagios astrológicos y consignas de guerra se presenta “preñada de desastres”, y orienta hacia la barbarie. Por eso, Acosta condenaba “toda revolución que tenga por objeto conseguir por ella lo que se puede en paz por las elecciones venideras.”

El camino electoral, el debate parlamentario y el pluralismo democrático eran para nuestro pensador modos de afianzar costumbres cívicas y republicanas. Constituían el freno a un fenómeno que se repite hasta el siglo XXI: “las manifestaciones son de servidumbre o epilepsia: callamos o peleamos, pasamos de la mordaza al fusil y no sabemos hacer uso de este término medio que reparte el calor en todo el cuerpo, del derecho escrito, de la palabra simpática, de la reclamación digna, de la ciudadanía respetable”.

Tercera vía no revolucionaria

Cecilio Acosta tuvo sus detractores. Según Riera Aguinagalde, Acosta era un soñador que no conocía el curso de la civilización, que sólo avanza por medio de revoluciones que van de las conquistas de Alejandro Magno hasta la llegada de Cristóbal Colón, pasando por el cristianismo y el islamismo que emprendieron sendas revoluciones en la humanidad y por ello civilizaron.

Las diferencias entre Acosta y Riera no son propiamente ideológicas, pues ambos eran pensadores liberales y republicanos. No se trataba de distinciones conceptuales, sino de aproximación a la conducta política. Cecilio Acosta se mueve en un plano estrictamente ético, existencial, psicológico si se quiere, donde el comportamiento revolucionario se identifica con el ejercicio irracional de la política, por ende del poder; el móvil de la acción queda reducido a una maraña de resentimientos, mitos, ficciones, supersticiones y símbolos, como la única forma posible de “entender y ejercer” el oficio.

La idea central alrededor del debate sobre la necesidad de una tercera vía para superar la crisis política, no parece ser otra que la recuperación misma de la racionalidad como elemento determinante del ejercicio de cualquier actividad humana. Racionalidad que exige, en primer lugar, habilidad de controlar la fábrica de emociones que ocasiona el debate político, antes de que acabe con las instituciones, con la democracia y con la sociedad misma que experimenta, en lo material, las miserias que otros llevan en el alma.

De lo que se trata es de reconstruir la nacionalidad subjetiva, el sentido de pertenencia a una misma comunidad humana que, nos guste o no, ha estado zarandeada por los antivalores de la irresponsabilidad y la exclusión del otro, que no se ve como oponente sino como enemigo al que hay que eliminar y erradicar de manera colectiva. La tercera vía es la práctica de la Política que aún no hemos ensayado; es la vía que, más que partidos, necesita partidarios.

mmmalave@gmail.com

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